
LA GENERACIÓN DE LA INCERTIDUMBRE
Juventud, trabajo y vivienda.
Introducción: una generación sin horizonte de movilidad social
Desde el fracaso del neoliberalismo financiero y el 2015, la sociedad argentina construyó una identidad asociada a la movilidad social ascendente. Aun con las desigualdades y limitaciones propias de cada período histórico, amplios sectores de trabajadores podían proyectar una trayectoria de progreso basada en una secuencia relativamente previsible y acceder a la educación, ingresar al mercado laboral, obtener un empleo formal, independizarse del hogar de origen, formar una familia y, eventualmente, alcanzar la vivienda propia. Aquella trayectoria nunca fue universal ni estuvo exenta de conflictos, pero funcionó como un horizonte de expectativas compartido que articulaba las aspiraciones individuales con un determinado modelo de desarrollo económico y de integración social.
Sin embargo, durante la última década ese horizonte comenzó a resquebrajarse. La combinación de estancamiento económico, crisis recurrentes, deterioro salarial, aumento de la informalidad y encarecimiento del costo de vida fue configurando una realidad marcadamente distinta para las nuevas generaciones. Los jóvenes que ingresaron a la vida adulta durante los gobiernos de Mauricio Macri, Alberto Fernández y Javier Milei se encontraron frente a un escenario donde el esfuerzo educativo ya no garantiza movilidad social, el empleo no asegura autonomía económica y la posibilidad de planificar un proyecto de vida independiente aparece crecientemente condicionada por factores estructurales que escapan a la voluntad individual.
En este contexto, la precarización dejó de ser un fenómeno estrictamente vinculado al mercado laboral para transformarse en una condición general de existencia. El problema ya no se limita a la calidad del empleo o al nivel de los salarios. Se expresa también en las dificultades para acceder a una vivienda, sostener estudios universitarios, formar una familia o construir expectativas razonables sobre el futuro. La incertidumbre, que en otros momentos aparecía asociada a coyunturas excepcionales, se convirtió en una característica permanente de la experiencia juvenil.
El período comprendido entre 2015 y la actualidad resulta particularmente relevante para analizar este fenómeno. La gestión de Mauricio Macri impulsó un programa económico basado en la apertura financiera, el endeudamiento externo y la liberalización de distintos mercados, cuyas consecuencias incluyen una fuerte caída del salario real y un incremento de la pobreza. Posteriormente, la crisis sanitaria provocada por la pandemia agravó problemas preexistentes, especialmente entre los trabajadores más jóvenes. Finalmente, el gobierno de Javier Milei profundizó una estrategia de ajuste económico y desregulación que volvió a impactar sobre las condiciones de vida de los sectores juveniles. Si bien cada período presenta especificidades propias, existe una continuidad fundamental: la consolidación de un escenario donde las nuevas generaciones enfrentan crecientes dificultades para reproducir materialmente sus condiciones de vida y construir una trayectoria autónoma.
Comprender la situación actual de las juventudes argentinas exige, por lo tanto, abandonar las miradas fragmentadas. El trabajo, los ingresos, la vivienda y la educación no constituyen problemas aislados, sino dimensiones interrelacionadas de un mismo proceso de precarización. Analizar estas conexiones permite comprender no sólo las dificultades que enfrentan los jóvenes en el presente, sino también los desafíos que estas transformaciones plantean para el futuro del desarrollo económico y social argentino.
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El trabajo ya no organiza la vida
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Inserción laboral
La inserción laboral constituye históricamente uno de los principales mecanismos de integración social de las juventudes. El acceso a un empleo no sólo proporciona ingresos, sino que también organiza rutinas, genera vínculos sociales, permite adquirir experiencia y habilita proyectos de autonomía. Sin embargo, las transformaciones experimentadas por el mercado laboral argentino durante los últimos años han debilitado progresivamente esa función integradora. Los jóvenes continúan siendo el segmento más vulnerable de la estructura ocupacional, concentrando los mayores niveles de desempleo y las formas más precarias de inserción laboral. Mientras la tasa de desocupación general se ubicó durante el último trimestre de 2025 en torno al 7,5%, entre los menores de 29 años ascendió al 16,2% en los varones y al 16,8% en las mujeres, reproduciendo una brecha que se mantiene de manera persistente a lo largo de todo el período analizado. La situación resulta particularmente crítica para las mujeres jóvenes, que registraron sistemáticamente los niveles más elevados de desocupación y llegaron a superar el 28% durante la pandemia.

Fuente: Elaboración propia en base a INDEC
De esta forma el ingreso al mercado laboral continúa siendo considerablemente más difícil para las nuevas generaciones que para el promedio de la población económicamente activa. Sin embargo, el problema no se limita a las dificultades para conseguir empleo. Incluso entre quienes logran insertarse laboralmente, predominan ocupaciones marcadas por la informalidad, la inestabilidad contractual y la ausencia de perspectivas de desarrollo profesional. Durante 2024 y 2025, más de la mitad de los jóvenes ocupados de hasta 29 años se desempeñaron en empleos no registrados, con niveles que oscilaron entre el 55% y el 67% según el trimestre analizado. En otras palabras, para una porción mayoritaria de las juventudes argentinas, el acceso al trabajo no implica necesariamente el acceso a derechos laborales, cobertura previsional, estabilidad de ingresos o protección frente al desempleo.
La persistencia de tasas de informalidad tan elevadas revela una transformación más profunda de las modalidades de inserción laboral disponibles para quienes ingresan al mercado de trabajo. La expansión de contrataciones temporales, el crecimiento de las plataformas digitales, la proliferación del monotributismo dependiente y las diversas formas de tercerización configuran un escenario donde el empleo estable se vuelve cada vez más excepcional. Para una proporción significativa de jóvenes, la experiencia laboral ya no consiste en desarrollar una trayectoria profesional relativamente continua dentro de una empresa, una actividad o un sector productivo determinado, sino en transitar sucesivamente por múltiples ocupaciones de corta duración, escasa protección social y reducidas perspectivas de crecimiento profesional.

Fuente: Elaboración propia en base a INDEC
Esta dinámica tiene implicaciones que trascienden ampliamente la esfera económica. La estabilidad laboral no constituye únicamente una fuente de ingresos previsibles; también representa una condición fundamental para planificar proyectos de vida. La posibilidad de alquilar una vivienda, acceder a un crédito, continuar estudios superiores, iniciar un emprendimiento o formar una familia depende, en gran medida, de contar con cierta certidumbre respecto de los ingresos futuros. Cuando más de la mitad de los jóvenes ocupados se encuentra inserta en relaciones laborales precarias o informales, esa capacidad de planificación se debilita y la incertidumbre deja de ser una situación excepcional para convertirse en una característica permanente de la experiencia juvenil. La precarización laboral aparece así no sólo como un problema vinculado al empleo, sino como uno de los principales factores que condicionan la autonomía económica y la construcción de proyectos de vida de las nuevas generaciones.
1.2. Evolución de los ingresos
La creciente precarización de las condiciones de inserción laboral encuentra su correlato directo en la evolución de los ingresos. Históricamente, el trabajo asalariado constituyó uno de los principales mecanismos de integración económica y social de la sociedad argentina. Más allá de las oscilaciones propias de cada ciclo económico, existía una expectativa relativamente extendida según la cual el acceso a un empleo permitía sostener un determinado nivel de vida, alcanzar grados crecientes de autonomía económica y mejorar progresivamente las condiciones materiales de existencia. El salario no representaba únicamente una remuneración por el trabajo realizado, sino también la principal vía de acceso al consumo, la
vivienda, la educación y, en términos más amplios, a una trayectoria de movilidad social ascendente.
Sin embargo, durante la última década esa relación comenzó a deteriorarse de manera sostenida. Las recurrentes crisis cambiarias, la aceleración inflacionaria y la incapacidad de los ingresos laborales para acompañar la evolución de los precios provocaron una significativa pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores. Como puede observarse en el gráfico siguiente, tanto los ingresos de los jóvenes como los salarios registrados exhiben una tendencia descendente a lo largo del período 2018-2025. La situación resulta particularmente crítica entre los jóvenes entre 25 y 35 años, cuyos ingresos muestran un deterioro más pronunciado que el registrado para otros grupos etarios. La situación se vuelve aún más crítica al observar la evolución del salario mínimo, que acumula la pérdida más profunda de todo el período y termina ubicándose cerca de la mitad de su valor real de comienzos de 2018.

Fuente: Elaboración propia en base a EPH -INDEC y SIPA
Asimismo, viendo el comportamiento comparado que tiene la evolución de la canasta básica podemos sacar una conclusión central y es que mientras los ingresos laborales muestran una tendencia descendente, el costo asociado a la satisfacción de las necesidades esenciales de los hogares permanece relativamente estable e incluso se incrementa en algunos momentos del período. Esto significa que la pérdida de ingresos no se traduce únicamente en una reducción de la capacidad de consumo, sino también en una creciente dificultad para cubrir los requerimientos mínimos de reproducción de la vida cotidiana. En otras palabras, los jóvenes no sólo ganan menos en términos reales que hace algunos años, sino que además necesitan destinar una proporción cada vez mayor de sus ingresos para acceder a bienes y servicios básicos.
Teniendo en cuenta que el problema ya no radica únicamente en la dificultad para conseguir empleo, sino en que el trabajo ha perdido parte de su capacidad histórica para garantizar autonomía económica y perspectivas de progreso. La insuficiencia de ingresos se convierte así en uno de los principales mecanismos a través de los cuales la precarización laboral termina transformándose en una precarización integral de las condiciones de vida de las nuevas generaciones.
2. La vivienda como frontera de exclusión
Si existe un ámbito donde las consecuencias de la precarización juvenil se vuelven particularmente visibles, ese es el acceso a la vivienda. Históricamente, la posibilidad de abandonar el hogar familiar constituyó uno de los principales indicadores del ingreso a la vida adulta. La independencia residencial representaba un paso fundamental en la construcción de autonomía personal, económica y afectiva. Sin embargo, durante los últimos años este proceso se volvió crecientemente difícil para amplios sectores de jóvenes argentinos.
Las razones son múltiples y se encuentran estrechamente vinculadas con las transformaciones analizadas anteriormente. La caída del salario real reduce la capacidad de afrontar gastos habitacionales, mientras que la inestabilidad laboral dificulta cumplir con los requisitos exigidos por el mercado inmobiliario. Paralelamente, el fuerte incremento de los alquileres y la virtual desaparición del crédito hipotecario ampliaron la distancia entre los ingresos juveniles y los costos asociados al acceso a una vivienda.

Fuente: Elaboración propia en base a EPH-INDEC y para el precio del alquiler se toma la mediana de un dos ambientes en la ciudad de avellaneda en base a MELI-UdESA
La consecuencia más evidente es la prolongación de la permanencia en el hogar de origen. Cada vez más jóvenes continúan viviendo con sus familias durante períodos significativamente más extensos que los observados en generaciones anteriores. Aunque en ocasiones este fenómeno es presentado como resultado de cambios culturales o preferencias individuales, en gran medida responde a restricciones económicas objetivas. Esta situación tiene implicancias que exceden la dimensión habitacional. La vivienda cumple una función central en la organización de la vida social. Condiciona decisiones laborales, proyectos familiares, vínculos afectivos y expectativas de futuro. Cuando el acceso a una vivienda se vuelve inaccesible, también se postergan otras decisiones fundamentales vinculadas a la construcción de una trayectoria autónoma.
La imposibilidad de acceder a la vivienda propia agrava aún más estas dificultades. Mientras generaciones anteriores podían imaginar la compra de una propiedad como una meta alcanzable a través del trabajo y el ahorro, para gran parte de los jóvenes actuales esa posibilidad aparece prácticamente excluida de sus horizontes vitales. La dolarización estructural del mercado inmobiliario y la ausencia de instrumentos de financiamiento accesibles convierten la vivienda en un bien reservado para sectores cada vez más reducidos de la población.
En este sentido, la crisis habitacional constituye mucho más que un problema inmobiliario. Representa una manifestación concreta de la pérdida de autonomía que caracteriza a las nuevas generaciones. La vivienda deja de funcionar como un mecanismo de integración social para transformarse en una frontera que delimita quiénes pueden construir un proyecto independiente y quiénes permanecen sujetos a condiciones prolongadas de dependencia económica.
3. La inviabilidad económica de formar una familia
La transformación de las condiciones laborales y el deterioro de los ingresos analizados en los apartados anteriores tienen consecuencias que trascienden el ámbito estrictamente económico. La pérdida de capacidad adquisitiva no solo afecta el consumo cotidiano de los trabajadores, sino que también condiciona la posibilidad de desarrollar proyectos de vida de largo plazo. Entre ellos, uno de los más relevantes es la conformación de un hogar propio y el sostenimiento de una familia. Históricamente, el acceso a un empleo formal permitía proyectar una trayectoria de autonomía económica basada en la posibilidad de alquilar o adquirir una vivienda, cubrir los gastos corrientes del hogar y planificar el futuro con cierto grado de previsibilidad. En la actualidad, esa relación entre trabajo y bienestar se encuentra cada vez más debilitada.
El problema no radica únicamente en la insuficiencia de los ingresos para acceder a determinados bienes o servicios, sino en la creciente dificultad para cubrir los costos básicos asociados a la reproducción cotidiana de la vida familiar. El aumento sostenido de los alquileres, junto con el encarecimiento de los bienes y servicios que integran la Canasta Básica Total, ha generado una presión creciente sobre los presupuestos de los hogares. Como resultado, una parte cada vez mayor de los ingresos laborales debe destinarse a cubrir gastos esenciales, reduciendo significativamente el margen disponible para el ahorro, la inversión o la planificación de objetivos futuros.

Fuente: Elaboración propia en base a EPH-INDEC y para el precio del alquiler se toma la mediana de un tres ambientes en la ciudad de Avellaneda en base a MELI-UdESA . para salarios se toma SIPA actualizado por IPC.
Al comparar la evolución de los salarios con el costo conjunto de la Canasta Básica Total y el alquiler de una vivienda adecuada para una familia tipo. Mientras que en 2018 se requerían 1,32 salarios promedio para afrontar ambos gastos, en 2025 esa cifra ascendió a 1,60 salarios. Lejos de representar una variación menor, este incremento muestra un deterioro sustancial de la capacidad de los ingresos laborales para garantizar condiciones mínimas de sostenimiento familiar. En términos concretos, implica que un único salario promedio resulta insuficiente para cubrir las necesidades básicas de una familia que además debe afrontar el pago de un alquiler.
Esta realidad tiene implicaciones profundas sobre la estructura social. La necesidad de contar con múltiples perceptores de ingresos dentro de un mismo hogar deja de ser una estrategia de mejora del nivel de vida para convertirse en una condición necesaria para alcanzar niveles mínimos de subsistencia. Al mismo tiempo, quienes buscan independizarse encuentran barreras cada vez mayores para hacerlo, ya que el acceso a una vivienda y el sostenimiento de los gastos básicos demandan recursos que exceden ampliamente las posibilidades de una gran parte de los trabajadores. La consecuencia es una creciente distancia entre las expectativas asociadas al empleo y las condiciones materiales efectivamente alcanzables a través del trabajo.
Conclusiones: una generación sin horizonte de movilidad social
La situación que atraviesan las juventudes argentinas no puede comprenderse como la suma de problemas aislados vinculados al empleo, los ingresos o la vivienda. Lo que emerge al observar conjuntamente estos fenómenos es una transformación más profunda de las condiciones materiales que históricamente permitieron la integración social de amplios sectores de la población. Durante gran parte del siglo XX, el trabajo funcionó como el principal mecanismo de movilidad social ascendente. Conseguir empleo implicaba acceder a ingresos relativamente estables, independizarse del hogar de origen, formar una familia y proyectar un futuro mejor. Esa secuencia nunca estuvo garantizada para todos, pero constituyó una expectativa social ampliamente compartida que organizó las aspiraciones individuales y colectivas de varias generaciones de argentinos.
Sin embargo, las páginas anteriores muestran que esa relación entre trabajo, autonomía y progreso se ha debilitado de manera significativa. Los jóvenes continúan enfrentando mayores dificultades para ingresar al mercado laboral que el resto de la población, pero el problema ya no termina allí. Incluso quienes logran conseguir empleo lo hacen crecientemente en condiciones de informalidad, inestabilidad y bajos ingresos. La expansión de formas precarias de contratación y la pérdida sostenida del poder adquisitivo de los salarios han erosionado la capacidad del trabajo para garantizar niveles básicos de bienestar material. Como resultado, el empleo deja de representar una plataforma para la construcción de proyectos de vida y pasa a convertirse, en muchos casos, en una herramienta insuficiente incluso para sostener las necesidades cotidianas.
Las consecuencias de este proceso se manifiestan con especial claridad en el acceso a la vivienda. La combinación de salarios deteriorados, alquileres en constante aumento y ausencia de mecanismos de financiamiento accesibles ha ampliado la distancia entre los ingresos juveniles y los costos asociados a la independencia habitacional. La permanencia prolongada en el hogar familiar, lejos de responder exclusivamente a cambios culturales o preferencias individuales, aparece crecientemente vinculada a restricciones económicas concretas. La vivienda deja así de ser un espacio de realización de la autonomía personal para convertirse en una de las principales barreras que enfrentan las nuevas generaciones en su transición hacia la vida adulta.
Del mismo modo, la creciente cantidad de salarios necesarios para cubrir los gastos básicos de una familia revela hasta qué punto se han deteriorado las condiciones de reproducción material de los hogares. La posibilidad de formar una familia, sostener un alquiler y cubrir el conjunto de las necesidades esenciales ya no puede garantizarse mediante un ingreso laboral promedio. Esta realidad modifica profundamente las expectativas de futuro de amplios sectores de jóvenes trabajadores, que observan cómo objetivos que durante décadas formaron parte de una trayectoria social relativamente accesible aparecen hoy cada vez más alejados de sus posibilidades concretas.
En este contexto, la principal característica de la experiencia juvenil contemporánea parece ser la incertidumbre. Incertidumbre respecto de la estabilidad laboral, de la evolución de los ingresos, de la posibilidad de acceder a una vivienda y, en términos más generales, de la capacidad de construir un proyecto de vida autónomo. La precarización deja de ser entonces una categoría exclusivamente laboral para transformarse en una condición que atraviesa múltiples dimensiones de la vida social.
